La Hija de la lluvia.

Posted in Chist-tema, Consumintiendo with tags , , , , , , , on 14 marzo, 2015 by Tico

Al principio, las gentes del Pueblo Kayapó vivían en el cielo. Cierta vez, una mujer se asomó por un agujero entre las nubes y vio, allá abajo, un pequeño armadillo. Decidió seguirle bajando por una larga cuerda. Luego descendería el resto de los miembros de la tribu, como hormigas por un tronco. Así comenzó a poblarse la tierra.
Más tarde, la lluvia pensó que aquellas gentes tendrían que alimentarse de algo. Y les envió las plantas. Fue poco después que la Hija de la lluvia vio que las plantas no eran suficiente alimento y que además, aquellos seres,  debían disponer de un medio más rápido para desplazarse y visitarse unos a otros. La Hija de la lluvia peleó con su madre, bajó a la tierra, y se transformó en río para convivir en armonía con aquella gente y facilitarles la vida. Así nació el río Xingú.
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El Pueblo Kayapó lleva milenios viviendo en las tierras planas del Mato Grosso y Para, al sur de la Amazonia, junto al río Xingú. Cultivan pequeños huertos comunitarios donde crece el maíz, la batata, el ñame o la yuca, cuando no están pescando en el río o cazando a los animales de su ribera. También les encanta recolectar miel.

Cierto día de 1989 se les convocó en el poblado amazónico de Altamira para darles una noticia. Lejanas gentes iban a convencerles de que la electricidad les traería “el bienestar”. Un término que para los hombres y mujeres Kayapó era tan obvio y cotidiano que no entendían su significado. Sea lo que fuere ese bienestar, implicaba el asesinato de la Hija de la lluvia. El Xingú debía ser interrumpido por una gigantesca montaña de piedra gris. El agua ya no llegaría a sus huertos, las canoas quedarían varadas en la orilla, no habría peces pero sí muchos mosquitos que traerían enfermedades, la caza se marcharía lejos y, en definitiva, tendrían que abandonar sus tierras ancestrales y dispersarse como Pueblo. Los Kayapó, se entiende, desconocían también el significado de la expresión “desplazados”.

Así que una mujer de este Pueblo se cubrió con sus pinturas de guerra en genipapo (negro) y urucum (rojo), y recorrió casi dos mil kilómetros para asistir a esa reunión. Suponemos que a Tuira no debieron convencerle los argumentos que empleaba  José Muñiz Lopes, presidente de Electrobrás , la compañía estatal de electricidad. Unos argumentos que, presumimos, no debían diferir mucho de los que esgrimían aquellos barbudos conquistadores quinientos años atrás con espejitos y cristales de colores. Y, ni corta ni perezosa, Tuira decidió emplear un lenguaje lo suficientemente expresivo e inequívoco para mostrar la oposición de su Pueblo al “bienestar” y al “progreso” que les prometía el hombre blanco. La imagen de esta mujer guerrera apoyando el filo de su machete sobre la mejilla del burócrata dio la vuelta al mundo.
Tuira-Kayapois
Tuira explicaría más tarde: “Estamos defendiendo los árboles, los pájaros y todo lo que vive en el río y en los bosques. Vamos a continuar defendiéndolos y a llevar el mensaje a toda la gente de Brasil.”
Pero no sólo la escucharon en Brasil, sino que cientos de grupos ambientalistas a nivel mundial y millones de activistas recogieron el mensaje de Tuira. A lo largo y ancho de todo el planeta se organizaron movilizaciones, conciertos, conferencias, eventos y campañas apoyando su causa.
Finalmente, el Banco Mundial se vio obligado a denegar la solicitud de crédito para la presa sobre el río Xingú.
Actualmente el gobierno de Brasil ha vuelto a retomar la intención de represar a la Hija de la lluvia, lo cual afectaría a la vida de más de 800 pueblos indígenas de 26 grupos étnicos diferentes.
Tuira, mujer del Pueblo Kayapó, sigue en pie de guerra.

Karma felino

Posted in Uncategorized on 28 noviembre, 2014 by Tico

En octubre de 1347 un barco genovés arriba al puerto de Mesina, en Sicilia, con la práctica totalidad de su tripulación muerta. Los pocos supervivientes morirían días más tarde víctimas de una extraña y terrible enfermedad. El barco provenía de Caffa, en Crimea, donde había escapado al cerco que los ejércitos tártaros y venecianos sostenían sobre esa ciudad.
Lo que los médicos del puerto de Mesina ignoraban era que, para acelerar la caída de Caffa, los oficiales tártaros habían catapultado por encima de las murallas de la ciudad los cadáveres de algunos de sus soldados infectados de lo que, siglos más tarde, alguien sobre un microscopio bautizaría como Yersinia pestis.

Mientras tanto, en Europa comenzaba lo que se conoció como la pequeña Edad de Hielo, una época de bajísimas temperaturas y constantes lluvias. Las escasas cosechas debilitaban aún más los maltrechos cuerpos. Para colmo, se desata la Guerra de los Cien Años, con lo cual las gentes emigran en masa desde los campos y se hacinan en ciudades superpobladas.
En definitiva, la situación en Europa durante el siglo XIV parecía diseñada expresamente para cumplir los sueños húmedos de cualquier virus.

Todo podría haber quedado en una epidemia local, centrada en el sur de Italia, si no fuera por la tercera pieza del puzzle.  Un siglo antes, en 1227, el Papa Gregorio IX dicta una bula por la cual considera que el diablo adquiere la forma de un gato y alienta a la persecución y exterminio de estos animales. La Santa Inquisición, por su parte, prohíbe albergar, alimentar e incluso acariciar a un gato bajo pena de considerar cómplice de brujería a quienes lo hagan. Millones de gatos serían quemados, descuartizados y aplastados durante el siglo XIII por lo que en 1347 la población felina europea se reducía a su mínima expresión y los pocos que quedaban se mantenían alejados de los asentamientos humanos.
gatoPara encajar esta última pieza, debemos recordar que el principal vehículo transmisor de la Yersinia pestis, también conocida como Peste bubónica o Muerte negra, es una pulga que habita en la rata común. Así pues, sin sus enemigos naturales para ponerles freno, las ratas esparcieron la enfermedad por todo el continente, desde Londres hasta Moscú, desde Barcelona hasta Oslo. Se calcula que una de cada tres personas murió en Europa víctima de la peste entre 1347 y 1351.
La gente, sin embargo, fue convencida de que la epidemia era la forma en que Dios les castigaba por sus pecados.

En el Día de la Razzia

Posted in Chist-tema, Rambo´s way with tags , , , on 12 octubre, 2014 by Tico

Hubo una gran polémica. Por un lado, el teólogo español Tomás Urtiz insistía en que las gentes que poblaban el recién descubierto continente no se diferenciaban en cosa alguna de plantas o minerales. Que carecían de razón ni virtudes. Ya desde 1458 se sabía que los negros no tenían alma. Podían, por tanto, ser esclavizados o asesinados sin ofender a Dios.
Casi un siglo después, el Papa Pablo III, tras largas deliberaciones, publicó una Bula con la intención de proteger un poco aquellas gentes de piel cobriza: tenían algo de humanidad pero sólo se les reconocía media alma. O lo que es lo mismo, maten y esclavicen pero sin pasarse.

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Las gentes que sí tenían alma, es decir, reyes, virreyes, corregidores, encomenderos, capataces, capitanes y una soldadesca que era la canalla de un país ya de por sí canalla, pusieron mano a la obra.
Se calcula que durante el primer siglo y medio de ocupación española murieron 65 millones de personas desalmadas en Las Américas.
Una persona sin alma por minuto.
Luego vinieron a darse cuenta de que, tras prohibirles su vestimenta, su lengua, su música, su libertad y sus dioses, había que darles algo a cambio. Y les otorgaron por fin un alma por la que rezar. O por la que ser colgados y quemados si no lo hacían.

Así pues, con alma o sin ella, gentes de los pueblos americanos, yo os saludo hoy 12 de octubre, Día de la Razzia:

Qunamastasa, aymaras!!
Imaynalla, quechuas!!
Naksa, misquitas!!
Torijitawa, yanonamis!!
Mbá eichapa, guaranís!!
Marichiweu, mapuches!!
Padioxh, zapotecos!!

Por vuestra libertad y vuestra digna existencia, larga vida a vuestra lucha.

Vuelta al cole

Posted in Chist-tema with tags , , , , , on 6 septiembre, 2014 by Tico

“El otoño huele a barro y a tinta” me dijo en cierta ocasión mi sobrina cuando tan solo contaba 6 otoños. ¿Quiénes no recordamos el prometedor aroma de los libros de texto nuevos o el de las gomas de borrar con las esquinas aún intactas o el olor a madera fresca de los lápices de colores?
Pero para algunos críos y crías también está el olor de la mierda.

Hace unos años que por estas fechas, a Jokin, un chaval de 14 años de la pequeña localidad de Hondarribia (norte de España) le temblaban las rodillas. Mientras en otros miles de colegios los niños y niñas llenaban gozosos sus relucientes mochilas para encontrarse con sus viejos amigos del curso anterior, Jokin seguramente andaría llorando por los rincones.
Y no es que fuera mal estudiante ni temiera al fracaso escolar, no. De hecho, era la escuela la que estaba fracasando con él.
Sin saber muy bien cuándo, cómo, ni por qué (es lo que tienen los comportamientos irracionales) durante el curso anterior se colocó en el punto de mira de varios compañeros de clase, pequeños terroristas a su vez víctimas de otros dramas escondidos, que le convirtieron en el objetivo de continuas burlas, vejaciones y palizas.
Los demás compañeros y compañeras de clase no hicieron nada; los profesores y profesoras no hicieron nada; sus padres afirmaron después no saber nada. A toro pasado, fácil es buscar culpables, casi tan fácil como lo fue antes mirar hacia otro lado.
Un ejemplo para que me entendáis mejor: el primer día del curso pasado, Jokin fue amenazado por sus acosadores con recibir una soberana paliza a la salida del colegio. Tal era su íntimo terror que durante la última hora de clase se hizo encima sus necesidades.
Sus compañeros, lejos de compadecerse, decidieron celebrar el aniversario de su descomposición de vientre bombardeándolo con rollos de papel higiénico.
Finalmente, no recibió la paliza este primer día; Jokin tuvo que quedarse tras finalizar el horario lectivo para recoger todo el papel higiénico esparcido por el aula. Una profesora le había culpado a él de todo el desaguisado.

Creo que ahora ya podéis entender mejor por qué, tras la tregua de las vacaciones de verano, la vuelta al cole se le hizo a Jokin especialmente dramática.
Sabemos que asistió unos pocos días; luego comenzó con el oculto absentismo escolar. Jokin ya había decidido que no podía soportar volver a su particular sala de torturas.
Así que la madrugada del 21 de septiembre dejó escrito lo siguiente en un foro de internet: “Libre, oh, libre. Mis ojos seguirán aunque paren mis pies“.
Subió a las murallas que rodean la ciudad y saltó al vacío.
La autopsia reveló heridas y hematomas, por todas las partes de su cuerpo, producidos por agresiones sufridas durante las dos semanas anteriores.
Sus ocho pequeños verdugos fueron expulsados del colegio. No sabemos si la fiscalía de menores tomó alguna medida contra ellos o contra los docentes. O contra los padres de Jokin. O contra la sociedad entera.

Bullying

UNICEF nos alerta en su último informe, llamado “Ocultos a plena luz” que un tercio de nuestros pequeñajos y pequeñajas ha sufrido, sufre o sufrirá acosos y maltratos en el colegio por parte de sus compañeros.
Si tu chaval o chavala tiene cambios bruscos en su estado de ánimo o en su rendimiento escolar. Si vuelve a casa con la ropa rota o heridas o hematomas frecuentes para los que da explicaciones peregrinas. Si “pierde” con frecuencia dinero u objetos personales. No son “cosas de niños”, no lo dejes pasar y hazle saber que no está solo/a, que puede contar contigo.

Jokin nos dejó con regusto amargo en la boca, flores bajo las murallas y un mensaje que alguien, seguramente un compañero o compañera de clase, puso en el foro de internet que él usaba:
kuant ms tiemp psa peor m sient es cmo un gusno ke cme mi interior x no abert defndid.”

Os dejo para terminar algunos teléfonos y direcciones a los que podéis recurrir si sospecháis que vuestro pequeño/a puede estar en problemas:
http://www.acosoescolar.info
contacto@protegeles.com.
Teléfono del menor 900 506 113

Cero coma cuatro

Posted in Chist-tema, Me duele Palestina, Rambo´s way with tags , , , , on 15 julio, 2014 by Tico

A veces me sigo sorprendiendo por conservar una ingenuidad que ya hacía enterrada bajo toneladas de cicatrices, desengaños y zancadillas. El escepticismo puede resultar un cómodo almohadón desde el que contemplar el mundo sin riesgo a sufrir decepciones pero corres el riesgo de dormirte y tener pesadillas en las cuales la humanidad no merece la pena, olvidando que uno mismo forma parte de ella.

Eran las 21:00 horas del día 13 de Julio de 2014 y estaba a punto de comenzar la final del Mundial de Fútbol enfrentándose los equipos de Alemania y Argentina. Creo que sabrán de mi, digamos, aversión por este deporte pero los rumores extendidos en las redes sociales me indujeron a esperar el inicio del partido con cierta curiosidad y, de acuerdo, lo confieso, un resquicio de confianza. Comentaban que ambos equipos iban a negarse a jugar si no se producía una tregua entre Israel y Palestina. Es decir, si el sionismo no dejaba de masacrar al Pueblo palestino. Y es que, en ese mismo instante, cientos de hogares con familias aterradas en su interior, hospitales, escuelas, geriátricos y granjas palestinas se reflejaban en las coordenadas de los misiles y en las pantallas electrónicas de los bombarderos israelíes.

Era un rumor poco sostenible. La cuarta maquinaria militar más poderosa del planeta se había puesto en marcha días atrás para acelerar su continuo proceso de genocidio sobre la población palestina. Y no serían 11 millonarios alemanes con pantalón corto y un inmenso complejo histórico a que les llamen antisemitas quienes lo fueran a detener. Ni la FIFA con sus sionistas patrocinadores.

Pero no todo eran rumores. El Vaticano (ya saben, ese lugar donde se guardan riquezas suficientes como para alimentar de por vida a todas esas criaturas desnutridas por las que nos piden rezar) había pedido un minuto de silencio por la Paz. No como condena al genocidio que se estaba produciendo en esos momentos, sino por la Paz, que queda más bonito y no compromete tanto. Un minuto: menos tiempo del que tardan en sacar a un jugador para meter a otro. O para colocar a los jugadores ante una falta.

Ni siquiera hubo eso. Según los datos oficiales, el siniestro marcador de personas asesinadas en Palestina desde que comenzó el ataque israelí ascendía entonces a 147. La vida de una niña palestina, pues, se cotizaba a 0´4 segundos de silencio. Ni siquiera hubo eso, digo.

Y las lágrimas de la afición argentina al terminar el partido opacaron las que derramaban las madres palestinas contemplando desolaciones que antes eran hogares. Y charcos de sangre que antes eran balbuceos y risas. Los gritos de júbilo de la afición alemana sepultaron los gritos de miedo y dolor de algún adolescente palestino buscando a su familia bajo los escombros.

Me quedé con cara de tonto al no encontrar ningún gesto de solidaridad en la final de ese Mundial de fútbol. Pero ¿Saben qué? A veces una cara de tonto supone una pequeña victoria sobre quienes, salvajes y criminales, insisten con saña en hacernos creer que venimos de vuelta, que nada puede ya sorprendernos, que el mundo es malo y que cuanto antes nos demos cuenta de eso antes maduraremos. Dejen, por favor, que siga sorprendiéndome. Y desengañándome si es necesario. Déjenme que siga confiando, y creyendo, y amando. Y luchando por aquello en lo que creo. Mi decepción fue todo un gol a quienes quieren que me parezca a ellos.

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Obediencia indebida

Posted in Chist-tema, Rambo´s way on 1 octubre, 2012 by Tico

“Yo cumplía órdenes” es una frase muy recurrente en nuestra Historia contemporánea. Se amparó en ella el tipo que abría el grifo de las duchas de gas Zyclon en los campos de Auschwitz-Birkenau. También fue el joker jurídico para los esbirros de Videla que conducían los Ford Falcon verdes. Y para los electricistas amateurs que frecuentaban las celdas chilenas durante la dictadura de Pinochet. Esperamos también que la pronuncien un día quienes iluminan a la infancia palestina con fósforo blanco ya que eso querrá decir que les han sentado ante un tribunal.

Y es que la obediencia debida se configura para los criminales como una tabla de náufrago que les deposite a salvo sobre las serenas playas de la impunidad.

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Si os traigo el tema a este vuestro espacio es porque últimamente venimos observando en el Estado español cómo las calles y plazas se llenan de tipos de siniestro aspecto que atacan, acorralan, golpean, aterrorizan y finalmente privan de libertad a quienes se concentran en los espacios públicos ejerciendo, de conformidad absoluta con las leyes, un derecho legítimo y constitucionalmente reconocido: la libertad de reunión y de expresión. Unas plazas y unas calles que cuando se retiran esos tipos siniestros (a sueldo de aquellos a quienes golpean) quedan cubiertas de charcos de sangre y zapatos perdidos.

¿Tiene esto una base jurídica? ¿Están realmente obligados esos funcionarios a cumplir la orden de golpear a chavalas, arrastrar a ancianos por el suelo y disparar pelotas de goma sobre jóvenes que gritan cosas incómodas? Veamos qué nos dicen las leyes. La Ley Orgánica 2/1986 de 13 de marzo de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad dispone que

La obediencia debida en ningún caso podrá amparar actos manifiestamente ilegales ordenados por los superiores. Se impone a los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad la obligación de evitar cualquier práctica abusiva, arbitraria o discriminatoria que entrañe violencia física o moral.

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Así pues la tabla de náufrago de estos hombres y mujeres, que hacen gala de una extraordinaria valentía cuando se agrupan en centenares y llevan un arma en el cinturón pero que balbucean confusos su miedo delante de los jueces, parece bastante más frágil de lo que piensan. Porque debajo de esos cascos negros de carbono hay un cerebro, no un chip que les programe inevitablemente para reprimir al pueblo. Porque detrás de esos escudos de metraquilato hay, se les presume, un corazón que debería frenarles el brazo impidiendo que descarguen toda la violencia institucional sobre la cabeza de una chavala. Tras esa prepotencia asquerosa debe quedar algún vestigio de sentimiento de pertenencia al pueblo. Tras ese rictus de ira debe quedar la memoria de una sonrisa. Pero insisten en ponerse negros guantes para no mancharse las manos, como si fueran impermeables a la vergüenza.

Trato de imaginarles al volver a casa por la noche. Mientras limpian de sus negras botas las salpicaduras de sangre y en el oído les resuena aún el eco de los gritos que soltaba aquel muchacho en el suelo bajo los mordiscos de la porra. O los lamentos, apenas apagados por el ruido de las sirenas, de una anciana cuyo brazo, ahora quebrado, sujetaba momentos antes una pancarta que pedía derecho a sus medicinas.

Trato de imaginarles y les encuentro repitiéndose a sí mismos, una y otra vez, como un relajante mantra, aquello de Yo cumplía órdenes. Trato de imaginarles, me es difícil, repitiéndole eso a un juez. Y me pregunto si cubren su cara con una pantalla de plástico para preservar su anonimato, para protegerse el rostro de algún escupitajo o para protegerse de su propia vergüenza.

La cara de poker de Dorothy Counts

Posted in Uncategorized on 5 septiembre, 2012 by Tico

Érase una vez una chica de 15 años que quería estudiar. “No puedes estudiar ahí” le decía su vecina. “No puedes estudiar ahí” le decía el señor que le vendía helados. “No vas a estudiar ahí” le decía el ayudante del sheriff del condado. Y es que la protagonista de esta historia tenía dos handicap nada desdeñables en la Carolina del Norte de 1957, a saber: era mujer y era afroamericana. “No puedes estudiar ahí“, le dijeron, pero Dorothy, que así se llamaba aquella chica se matriculó aquel septiembre en un instituto de secundaria para blancos.
El Consejo de Ciudadanos Blancos de la ciudad, compuesto por honorables y respetables miembros de la sociedad local,  montó en cólera e instigó al resto de alumnos para que la “echaran fuera” y pidió a las alumnas: “¡¡Escupidle, chicas, escupidle!!.

Y así, con el gesto impasible de quien se sabe haciendo lo que debe hacer, entró nuestra Dorothy en el colegio para blancos  Harry Harding High School, entre insultos, escupitajos, pedradas, burlas y miradas de odio. No le resultó nada fácil, como imaginarán. Pero ningún músculo de su cara reflejó el miedo que debía sentir; ni la impotencia, ni la tristeza. Dorothy siguió caminando entre rostros vociferantes y muecas burlescas.  La dignidad con piel de ébano, orgullo de género, clase y raza, atravesó con determinación un pasillo de amenazas, de demencial salvajismo endémico, de absurdo y miserable odio… y cubierta de escupitajos tomó asiento en un pupitre.

Durante los primeros cuatro días le volcaron cubos de basura encima mientras almorzaba, siempre sola, en un rincón del comedor escolar. Ignorada por los profesores, Dorothy atendía a las explicaciones, se aplicaba en sus notas y soportaba estoicamente los objetos que le lanzaban durante las clases. Finalmente, fue  su familia la que empezó a ser objeto de agresiones y amenazas y ante el peligro que corrían sus seres queridos nuestra amiga decidió desistir y se trasladaron a Philadelphia.
En cualquier caso, Dorothy ya había hecho su trabajo. Un año más tarde, miles de estudiantes negros/as de todo el Estado se matriculaban en institutos para blancos.

No puedes estudiar ahí” le dijeron.  Y vaya si pudo. Y ni su vecina, ni el señor que le vendía los helados, ni el ayudante del sheriff, ni sus compañeras que le escupían, ni sus compañeros que se burlaban, ni ningún miserable miembro del Consejo de Ciudadanos Blancos de Charlotte, en Carolina del Norte, pasaron a formar parte de los libros de Historia: Dorothy Counts, sí.