Ángeles con caras sucias

Los niños hallan el todo en la nada
Y los hombres la nada en el todo

Tal día como hoy, hace cerca de medio siglo, se instituyó el Día Mundial del Niño. Y yo venía, paciente lector, a proponerle un pequeño ejercicio de sinceridad. Digamos algo así como la prueba del algodón para su limpieza ética.
En este ejercicio que yo le propongo se trata de hacer como en aquel relato de Zaki Eila, cuando una mujer palestina es llevada por los soldados israelíes antes un montón informe de cadáveres de niños para que identificara a su hijo y aquella responde: Todos son mis hijos.

Vamos a intentarlo, mi tolerante lector; haga como si todos los niños del mundo fueran sus hijos al menos mientras termina de leer estas líneas. No tema al vértigo, tampoco es para tanto. Al fin y al cabo, cuatro millones de niños mueren cada año antes de cumplir un mes de vida; y otros siete millones lo harán sin soplar la velita de su primer cumpleaños. ¿Que aún así siguen siendo muchos y no dispone de espacio suficiente para alojarlos? Tampoco es excusa: otros cien millones de niños viven en las calles y los campos, sin más techo que las estrellas ni más cama que el suelo del que, intuyen, pronto van a formar parte. Despreocúpese igualmente porque reciban una educación (ciento treinta millones de ellos jamás pisarán una escuela) o cuidados médicos (el pediatra es un ser mitológico del que jamás oyeron hablar el 99% de esos niños que acaba de adoptar). Y no sólo eso, sino que casi la cuarta parte de ellos son autosuficientes – podrán trabajar desde que se sostengan de pie, en minas, plantaciones, talleres de costura, burdeles – e incluso a sesenta millones de ellos no tendrá que verles jamás el pelo porque al no estar censados siquiera, no existen; son los no tan famosos niños invisibles.

Veo que comienza a impacientarse conmigo. Quizás en estos momentos se esté preguntando molesto, y con razón, a dónde quiero llegar; qué relación puede tener usted con una niña sudasiática o caribeña violada por un pervertido, bronceado y sonriente turista occidental. ¿Dejamos a un lado que la miseria que empuja a esa niña hasta un sucio camastro es tan criminal como el turista que la viola?. Pero si lo quiere más claro hagamos ahora como los tres espíritus con el señor Scrooge y demos una vuelta por ahí; no suelte mi mano, encaje los dientes y vamos allá. ¿Ve aquel niño de piel aceitunada que tiene el tobillo amarrado a un banco de trabajo en ese sótano? ¿Qué es lo que está cosiendo? ¿No se parece a las zapatillas de deporte con las que baja usted a comprar el periódico los domingos por la mañana? ¿Y ese otro niño de piel oscura cubierto de tierra y fango que se cuela a golpe de látigo por una grieta de esa mina congoleña? ¿Acaso está extrayendo el oro de su anillo de bodas, el diamante que luce en la oreja de su mujer, o el coltán de la videoconsola de su hijo? ¿Y esa otra niña de pelo rizado? Sí, esa medio asfixiada por los pesticidas que se dobla bajo el peso del enorme saco de semillas que carga a la espalda por una plantación de Costa de Marfil. ¿No huelen esas semillas igual que las marcas de cacao que le deja su hija sobre la cara al besarle cada mañana antes de ir al colegio?

Al final va a resultar que cuando Chesterton decía eso de “Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa en ella es maravillosa” debía estar refiriéndose únicamente a sus propios hijos. Y usted, mi querido lector – aunque nunca me haya leído, aunque jamás me vaya a leer y aunque no sea usted, realmente, querido – debería andar planteándose qué ocurre con todos estos ángeles. Quizás se niegue a reconocer que los hemos desplumado, que los estamos desplumando a cada instante, para rellenar almohadones de plumas – de plumas de ángel – donde reposar más cómodamente nuestros occidentales y orondos traseros.

Ahora no puede dejarme sólo, ya casi hemos terminado. Sólo nos falta buscar a cualquiera de esos cien millones de niños que viven en la calle y mirarle a los ojos. ¿Se atreve usted?
Tendría cara de ángel si no la tuviera tan sucia ¿verdad? ¿Por qué desvía la mirada? ¿Qué es lo que ve? ¿Se pregunta por qué tiene la cara tan sucia?
Mírese usted las manos.

Y si se siente injustamente zarandeado por estas líneas, si el sufrimiento ajeno no le deja indiferente y está dispuesto al compromiso con los desposeídos, si piensa que cualquier niño del planeta pudiera ser hijo suyo, si quiere saber dónde hallar la solución, acepte mis disculpas y también un consejo que le gritan silenciosamente la niña de Ayod, Iqbal Mashi, Anna Frank o cualquier niño palestino o tucumano:  mírese las manos.

 

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