Un mundo enfermo y saludable

“Mientras los invitados disfrutan de la fiesta encerrados en el castillo, la gente del pueblo continúa muriendo fuera, atacada por la enfermedad y sin ninguna ayuda.”

Como en el relato de Poe, la comunidad internacional celebra periódicamente su particular baile de disfraces: el Día Mundial de la Salud. Hay revuelos de batas blancas, se fijan objetivos, el oropel de las palabras flota en el aire y se levantan retóricos monumentos a la ciencia de los galenos. Dos convidados hay que miran hacia otro lado: la Organización Mundial de Salud prefiere no aguar la fiesta con sus estadísticas, frías, limpias y funcionales en las que cada número apunta a una muerte, a una invalidez o a un olvido. Las grandes industrias farmacéuticas, por su parte, miran hacia el techo y silban una tonadilla esperando el momento más idóneo para abandonar la fiesta sin que se note mucho. Seamos nosotros hoy, gente linda, quienes como en el relato de Allan Poe nos pongamos la máscara roja para señalar con el dedo. Los gobiernos occidentales invierten el 90% de sus recursos en I+D (investigación y desarrollo) para medicamentos que únicamente consume el 10% de la población mundial. Cada día aparecen, así, nuevos remedios contra la obesidad, el estrés, la impotencia, el colesterol, el tabaquismo, las jaquecas, el cáncer o las depresiones. Y es que, en este mundo extraño que nos toca vivir, ni siquiera las enfermedades son democráticas; cuanto menos sus soluciones. Consulte a su farmacéutico: si tiene usted acidez de estómago o sobrepeso, dispone de más de 50 tipos de medicamentos semejantes para combatirlo. Por otro lado, enfermedades “olvidadas” como la llamada “enfermedad del sueño” (tripanosomiasis humana africana), transmitida por la mosca tse-tsé, y que afecta a más de un millón de personas. O la leishmaniasis, conocida como kala-azar, que sufren unos 12 millones de personas. O el mal de Chagas, que mata cada año a 50.000 personas. En total, para no aburrirle, podemos resumir diciendo que estas y otras enfermedades atacan a 750 millones de personas, de las cuales medio millón morirán antes de que termine el año. ¿Un mal divino ante el que no quepa más que resignarse? No parece indicarlo así la OMS cuando señala que la mayoría de estas enfermedades podrían desterrarse del planeta en pocos años si se invirtiera un mínimo de recursos en el estudio e investigación de las mismas. Y ni se ha hecho, ni se está haciendo. ¿Por qué? Porque esos 750 millones de personas viven respectivamente en el África subsahariana, en el sudeste asiático y en latinoamérica, o, si lo prefiere, querido lector, porque son pobres. No son pacientes rentables y por lo tanto, al único desarrollo al que tienen derecho es al desarrollo de sus enfermedades. Todo lo que se invirtiera, pues, en investigar y tratar esas enfermedades únicamente valdría para salvar vidas pero no cuentas de resultados de accionistas. Enhorabuena, señor Malthus.

salud

En otro orden de cosas, el VIH sigue empeñado en desbaratar las optimistas previsiones de quienes redactaron los Objetivos del Milenio. Esta enfermedad se nos mostró como la más “democrática” al arrebatar la vida por igual a habitantes de países ricos como de países empobrecidos. Un análisis más detenido nos devolverá a la realidad de que en determinados países africanos o asiáticos, el SIDA afecta ya a un 85% de la población en una franja de edad comprendida entre los 16 y los 45 años. El caso más curioso, por lo que de infame tiene el comportamiento de los laboratorios farmacéuticos, es el de Sudáfrica. Allí el castigo del VIH es particularmente violento amenazando incluso con paralizar la economía del país en generaciones venideras. El gobierno sudafricano, consciente de ello, y con un inmenso sacrificio económico destinado a investigación, consiguió un medicamento retroviral cuyo precio, al ser de obtención más barata, podría estar al alcance de toda la población. Difícil será, ya que las industrias farmacéuticas paralizan la distribución de dicho medicamento a base de demandas judiciales sobre la patente del mismo. Y es que una cosa es ser desleal con la Humanidad, y otra es serlo con los intereses de mercado. El SIDA, sí, cuya detección en estos países es una mera hipótesis por falta de medios y cuyos síntomas por cierto son similares, en su fase terminal, a los de la desnutrición: esqueletismo, fiebres, diarreas, caída de uñas, cabello y dientes. Clásica es ya la discusión en el foro clínico sobre si, ante la ausencia de mecanismos adecuados de detección hay que achacar estas muertes al VIH o al Hambre; poco importa, ya que quien muere de una cosa, generalmente suele padecer de ambas. Y sólo se trata de una carrera demencial por determinar en qué epígrafe de los impresos estadísticos de la OMS debe ir anotado. Porque no me negará, gente linda, lo curioso que resulta el empeño de la comunidad internacional por dotar de cobertura sanitaria a la población mundial, mientras nos envenenan el aire, se fabrican y distribuyen cada vez más armas y la mayor parte de las personas no tienen acceso a agua potable o a un simple pedazo de pan.

El Hambre, en exceso o en defecto, ha dejado de ser un problema político y un problema humanitario para convertirse en una enfermedad propia del tiempo y la sociedad en que vivimos. Clínicas de adelgazamiento, gimnasios, milagrosos artefactos de venta por correo, operaciones de reducción de estómago o de extracción de grasas, todo vale. Porque todo sobra. Quien tiene dinero para comer de más, tiene dinero para comprar medicinas que lo solucionen. Y eso lo sé yo, lo sabe usted, querido lector, y lo sabe la industria farmacéutica. Al otro lado, volvemos a la paradoja: mientras en nuestras ciudades miles de adolescentes, empujados por los cánones que marca la televisión, rechazan la comida y se consumen ilusionados por perder peso, un poco más lejos otros adolescentes, empujados por nuestra avaricia y nuestra indiferencia occidental, suplican la comida y se consumen ilusionados por no perder la vida. Todos igualmente víctimas, no nos engañemos. Unos de la publicidad, otros de la Hambruna, esa vieja desdentada que afila su guadaña cada día, y la responsable de que las enfermedades se ceben especialmente de los cuerpos debilitados. Porque, puede uno concluir, la mejor medicina para la población mundial parece ser el pan y la ausencia de balas. Centrémonos en eso.

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