Salvajes

Si el Hombre es un lobo para el Hombre
Tampoco estarás a salvo junto a mí.

Hace algun tiempo todos los noticieros de televisión del mundo nos ofrecieron unas imágenes de Nairobi en las que un hombre era perseguido y abatido a machetazos en plena calle por una furiosa multitud. En los días que siguieron, cerca de un millar de personas corrieron igual suerte a causa de los disturbios ocasionados por las falseadas elecciones en las que salió reelegido el Presidente Mwai Kibaki, continuando con la hegemónica dictadura de la etnia kikuyu.
Una vez resuelta la cuestión de la legitimidad presidencia, el fantasma de Ruanda se fue desvaneciendo para alivio de todo el continente africano. Sin embargo es otro fantasma el que ahora nos ocupa, un espectro viejo, solapado y familiar entre quienes cuentan como principal mérito en la vida el de haber nacido blanco.

Contemplar las noticias de televisión desde la barra de un bar tiene el beneficio añadido de permitirnos conocer, por comentarios espontáneos, dirigidos a nadie en particular, el sentir y opinar del ciudadano medio. Es un sano ejercicio que les recomiendo si desean conocer el pensamiento representativo de las sociedad en que viven.
En el caso que nos ocupa, el término que más oí repetir fue el de “salvajes” y no de una forma indignada ni horrorizada, sino explicativa y despectiva. Muy despectiva.

Recuerdo que cuando era niño y miraba un mapa del continente africano me causaban impresión esas fronteras tan rectas y lineales, circunstancia que yo entonces achacaba a la perfecta organización y planificación de los Gobiernos Africanos entre sí. Más tarde supe que dichas fronteras habían sido trazadas y diseñadas desde lujosos despachos de Londres, París, Madrid o Lisboa. Y mucho más tarde aún, tuve conciencia de que cada vez que se trazaba una de esas líneas sobre un mapa, como quien corta un pastel para dividirlo, se estaba firmando la sentencia de muerte de millones de personas.

En efecto, antes del proceso colonizador europeo del siglo XIX, el continente africano era ajeno a otras fronteras que los accidentes geográficos y mal que bien convivían cientos de etnias diferentes sin mayor conflicto que alguna que otra escaramuza ocasional por el dominio de un territorio de caza. El complejo y ancestral entramado de alianzas entre tribus generaba una especie de Impasse que impedía agresiones masivas entre pueblos. La llegada de los europeos hizo saltar ese sistema en pedazos al separar por una frontera a tribus milenariamente aliadas y encerrar dentro de otra a tribus ancestralmente rivales. Ingleses, españoles, franceses o belgas subieron al poder a aquellas etnias más acordes a sus intereses, quedando el resto automáticamente sometidas a quienes antaño fueron sus más feroces enemigos.
Posteriormente, las potencias occidentales fueron cambiando a las etnias en el poder siguiendo intereses de mercado y directrices empresariales; cada uno de estos cambios en el poder acarreaba una consecuente e ignota matanza generada por la nueva tribu ahora gobernante y otrora oprimida.

Desde Ciudad del Cabo hasta Tánger, toda África se convirtió en un gigantesco tablero de ajedrez donde cada movimiento realizado por jugadores europeos se traducía en un inmediato baile de machetes.

Posiblemente los profetas del “Salvajismo” ignoren esto. Posiblemente, bondades de la memoria histórica selectiva, olviden lo que los blanquitos de pura raza aria hicieron en Alemania hace siete décadas (eso sí, de forma más planificada y organizada; no es lo mismo deshacerse limpiamente de tres millones de personas incinerándolas que matarlas a machetazos y dejarlas pudrir en las calles) o en los Balcanes hace unos años. Y olviden igualmente que el salvajismo puede ejercerse también descolgando un teléfono y hambreando a un pueblo o arrasando un país a miles de kilómetros de distancia.
Y es que mejor dejar los matices racistas a un lado a la hora de calificar atrocidades. Bajo pena de formar parte de ellas.

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