Archivo para octubre, 2010

Piratas

Posted in Chist-tema, Consumintiendo, Rambo´s way with tags , , , , on 29 octubre, 2010 by Tico

San agustín cuenta la historia de un pirata capturado por Alejandro Magno, quien le preguntó: ¿Cómo osas molestar mis barcos? – A lo que replicó el pirata – Yo tengo un pequeño barco, por eso me llaman pirata. Tú tienes toda una flota, por eso te llaman Emperador.

 

Una de Piratas

Decía el famoso pirata Bartholomew Roberts (1682 – 1722) que en los trabajos honrados lo normal era trabajar mucho y ganar poco, mientras que la piratería implicaba hedonismo, saciedad, placer, libertad y sobre todo Poder. Y esta tarde la he visto pasar desde mi ventana; rumbo al este, rompiendo las aguas del Mediterráneo y dejándonos en su estela la tranquilidad de que allá lejos, en tierra de infieles, se lucha sin cuartel por defender nuestros intereses económicos.

A diferencia de El Temido que inmortalizara Espronceda, el barco que nos ocupa no tiene diez cañones por banda, sino lanzamisiles tierra-aire guiados por satélite, lanzatorpedos y sofisticada artillería con visión nocturna. Tampoco ondea en su pabellón la calavera sobre dos tibias cruzadas sino la bandera del Estado español.

Pero contribuirá al mismo objetivo: saquear, expoliar y destruir. Con patente de corso y, por descontado, dentro una impecable y estricta legalidad internacional. Un objetivo que el Jefe del Estado Mayor de la Armada Española ha definido como “una misión curiosa” la que llevará a cabo la fragata Victoria en aguas del Golfo Pérsico. Y tanto.

Desde principio de los años noventa el llamado Cuerno de África (que comprende los países de Somalia, Eritrea, Yibuti y Etiopía) sufrió la más terrible convulsión política y demográfica de su Historia; la Hambruna segó a casi la cuarta parte de la población activa mientras los señores de la guerra imponían su voluntad a sangre y fuego; las diferentes facciones armadas, eternamente enfrentadas entre sí, desestabilizaban la zona pugnando por el poder. Todo ante la más completa y absoluta pasividad internacional. De hecho, Somalia ha dejado prácticamente de existir como país (gracias en parte a la desafortunada intervención militar del establishment norteamericano) careciendo de tipo alguno de actividad pública estatal, sanitaria, judicial, educativa o administrativa. El pueblo, mientras, intentaba sostenerse un día más con vida gracias a la ayuda de las organizaciones humanitarias. Tras décadas de brutal sequía y de inexistente inversión agroeconómica, los ya de por sí áridos campos somalíes se tornaron completamente estériles y las gentes buscaron su salvación en la costa: miles de pequeñas y artesanales embarcaciones comenzaron a echarse al mar en busca del sustento diario y de las proteínas precisas para mantener a los niños respirando un día más.

Pero un territorio sin Estado es res nulius, tierra de nadie, campo abierto para especuladores y demás aves de rapiña. Millones de satisfechos hogares europeos, lujosos restaurantes japoneses y franquicias gringas de comida rápida están ávidos de ver en su mesa los peces que coletean en las aguas del Golfo de Adén. Y las multinacionales acuden prestas a servírselos en bandeja (capten el chiste) enviando a sus superpesqueros de tropecientas mil toneladas servidos de tecnología punta con sus gigantescas y kilométricas redes para arrasar los bancos de pesca localizados por satélite en una zona donde no hay normativa medioambiental alguna que respetar ni, aunque la hubiera, nadie que la hiciera cumplir.

Y una década después los pequeños botes de los pescadores somalíes comienzan a volver a la playa vacíos.

Siempre he dicho que hay dos sentimientos en el ser humano que, a mi juicio, legitiman determinadas acciones: uno es el miedo y el otro el Hambre. Y nótese que conceptúo el Hambre como un sentir. Ya dijo Kissinger que a un pueblo hambriento no podía exigírsele que fuera un pueblo pacífico.

Y los antaño pacíficos pescadores somalíes que, al fin y al cabo, viven en un país donde sobran las armas y escasean los alimentos, se reciclaron en piratas. A la antigua usanza, jugándose el todo por el todo, pero no buscando el placer o la saciedad como exponía Roberts sino simplemente sobrevivir al saqueo sistemático de sus recursos naturales. Así que equipados con unas armas que apenas saben usar se lanzan en sus frágiles embarcaciones a capturar a los gigantescos pesqueros de las multinacionales europeas, japonesas o indias. Y a sus petroleros. Y a cualquier hijo de madre que asome por sus aguas. Sí, sus aguas, porque intenten ustedes meterse a faenar con un macropesquero en aguas norteamericanas o inglesas.

Aquí es donde retomamos el rumbo de nuestra querida fragata Victoria. A las multinacionales pesqueras, es decir, al Capital, no le gusta que le hagan la competencia (entre pirata y pirata no cabe la buenaventura) y de la noche a la mañana los honrados y temerosos ciudadanos occidentales se enteran, gracias a una machacona campaña mediática en la que no faltan entrevistas amarillas a angustiadas esposas de pescadores retenidos, de que terribles y despiadados piratas de piel oscura amenazan su estilo de vida.

Y aunque al bolsillo del contribuyente europeo le esté resultando infinitamente más caro enviar tropas, fragatas y aviones de combate que invertir en proyectos de cooperación y desarrollo para garantizar un medio de vida digno a los somalíes, para las multinacionales esa poderosa escolta privada de sus barcos les sale gratis y libre de impuestos. ¿Qué les parecería a ustedes si a un empresario murciano que va a cerrar un negocio privado en Brasil le pagáramos los contribuyentes una escolta de veinte policías nacionales?

Ustedes no tienen por qué saberlo pero allá en los espacios cibernéticos el que esto les cuenta adopta el nombre de un famoso pirata levantisco. Es decir, nada tengo en contra los piratas. Gloria pues a la Armada española, pero al menos no sean hipócritas: cambien el pabellón, pongan la calavera y las tibias y no nos avergüencen más jugando a los piratas con nuestro dinero en nombre del libre mercado.

El alma de la fiesta

Posted in Inmigración with tags , , , , on 14 octubre, 2010 by Tico

 

Hay veces en las que mi fe en el género humano cobra nuevas fuerzas y hasta casi me siento feliz y orgulloso de mis semejantes, lleno de amor y concordia por ellos, tentado de ir por la calle entregando florecillas a todo el mundo y dándoles las gracias por haber nacido. Es entonces cuando viene siempre a ocurrir algo que, de nuevo, vuelve a poner las cosas en su sitio. En este caso que os hablo ahora tuvo mucho que ver mi amigo Pete.

Pete es barman, pero no un barman cualquiera de esos que saben preparar tres cócteles y medio, sino un barman de los de verdad. Abstemio, callado y cínico, como debe ser todo aquél que aspire a trabajar detrás de una barra. Mi amigo Pete ya no trabaja en ningún local sino que sólo agita la coctelera cuando le llaman para servir en alguna fiesta privada y, claro está, están dispuestos a pagarle lo que él quiera.

Y con fiestas de ricos tiene que ver lo que os quiero contar; pero antes quizás sea mejor que abra un paréntesis (retórico) para explicaros lo que periódicamente viene sucediendo por estas tierras y por estas aguas. Como sabéis, mi Andalucía (y con ella, el resto de la Europa liberal con su torre Eiffel, sus valses, su sirenita y su extinto muro de Berlín) sólo está separada del continente africano por una delgada franja de mar de menos de 10 millas conocida como el Estrecho de Gibraltar.

También sabéis, nada nuevo, que en África mucha gente no lo está pasando precisamente bien. Así que miles de personas, desde Nigeria a Cabo verde, desde Camerún a Nador, cada año intentan alcanzar el sueño europeo empujados por esa excentricidad que supone comer todos los días. Y de paso, sólo a ser posible y si no es mucha molestia, tener una esperanza de vida algo superior a los 30 años rompiendo esa estadística que los kalashnikovs, los machetes oxidados y los parásitos intestinales se empeñan en mantener.

Así que, los que no terminan tragados por las dunas en alguna parte del desierto del Sahara, se paran en la orilla africana del viejo mediterráneo y miran al otro lado del estrecho como hipnotizados: las luces de la tierra prometida europea. Sólo nueve millas y media de mar. Pero hay que cruzarlas.

Y para estos menesteres, el hambre, el miedo y la desesperación no son buenos consejeros.

Pero han vendido todo lo poco que tenían (lo cual si se para uno a pensarlo, es mucho) han pedido dinero prestado aquí y allá y piensan en la familia que quedó atrás esperando ver llegar desde tan lejos los soñados euros.

Así que no es plan de recular por un poco de agua.

Todo esto se traduce cada año en centenares de cadáveres flotando en las orillas andaluzas.

¡Pete! Nos dejábamos a Pete… bien, ahora estamos él y yo delante de una tónica y de una media docena de cervezas respectivamente. Pete me cuenta, él sabe que me gusta escuchar historias y a veces escribirlas. Así que con una media sonrisa (que no sé si amarga por los recuerdos o por el regusto de la tónica) me comenta que dos semanas atrás le llamaron para servir copas en el palacete que un conocido empresario internacional tiene sobre los acantilados de un pueblo en la costa malagueña. Se trataba de la puesta de largo de la hija de un aristócrata británico y estaba allí representada toda la sangre de la nobleza (dice “noblezzza” como escupiendo la palabra), artistas, advenedizos, pellejos estirados, escotes bronceados, sonrisas deslumbrantes, chinchins de cristal de bohemia, caviar de Odessa, sombreros de diseño y algún que otro jeque árabe despistado.

Y mira tú, azares del destino, que fue a embarrancar justo al pie del acantilado una patera con unos veinte jóvenes africanos, casi la mitad de ellos mujeres. Pronto empezó el revuelo en cuanto una docena de 4X4 de la Guardia Civil bajó por el polvoriento camino del acantilado y saltaron de él decenas de linternas enfocando hacia la orilla como luciérnagas borrachas. El helicóptero de apoyo no tardó en asomar haciendo volar alguno de los sombreros y enfocando un potente reflector hacia la embarcación que vomitaba aterradas figuras negras esforzadas en alcanzar la arena de la orilla.

Todos los invitados se volcaron sobre la balaustrada de mármol del jardín para no perder detalle del drama que se estaba desarrollando unos metros más abajo. Las damas daban excitados saltitos señalando con sus estilizados dedos algún punto entre las aguas “¡¡ahí, ahí!! Otras aplaudían y achicaban los ojos cuando algún africano conseguía alcanzar la arena e intentaba, en su agotamiento, escalar el acantilado dando traspiés hacia la carretera. Les animaban entre risas y silbidos. Algunos caballeros cruzaron apuestas sobre cuántos conseguirían salir del agua y cuántos escapar del cerco. El propietario de la casa, feliz en su papel de anfitrión, satisfecho por el inesperado entretenimiento de la fiesta, encendió los reflectores del jardín y los enfocó hacia la playa. Muchos de los ocupantes de la patera, completamente exhaustos, se tendían sobre la arena sin fuerzas ya para correr. Una condesa borracha les arrojaba desde lo alto canapés a medio masticar mientras otro tipo inmensamente gordo agitaba una botella de champán y los rociaba emitiendo una risita histérica.

Cuando comprobaron que la Guardia Civil, a los que iban apresando, en vez de molerlos a palos los envolvían en una manta, los sentaban sobre la arena y les daban algo caliente de beber para reanimarlos, los invitados se fueron aburriendo y volvieron a entrar a la casa.

Recuento: ocho apresados, seis presumiblemente escapados y otros seis que aparecieron al amanecer flotando bocabajo en el mar.

Pete aún se lamenta de su profesionalidad que le impidió escupir en todos y cada uno de los cócteles que sirvió. Yo le aseguré que quizás escribiría algo sobre todo esto pero tendría que pasar un tiempo. Porque se escribe con tinta y no con bilis.

Mientras tanto, algunas noches sueño con un montón de negros que escalan sigilosamente un acantilado bajo una fiesta de aristócratas, con un machete entre los dientes, y dispuestos a reclamar los mordiscos que les faltaban a sus canapés.

Y me despierto muerto de risa.