El alma de la fiesta

 

Hay veces en las que mi fe en el género humano cobra nuevas fuerzas y hasta casi me siento feliz y orgulloso de mis semejantes, lleno de amor y concordia por ellos, tentado de ir por la calle entregando florecillas a todo el mundo y dándoles las gracias por haber nacido. Es entonces cuando viene siempre a ocurrir algo que, de nuevo, vuelve a poner las cosas en su sitio. En este caso que os hablo ahora tuvo mucho que ver mi amigo Pete.

Pete es barman, pero no un barman cualquiera de esos que saben preparar tres cócteles y medio, sino un barman de los de verdad. Abstemio, callado y cínico, como debe ser todo aquél que aspire a trabajar detrás de una barra. Mi amigo Pete ya no trabaja en ningún local sino que sólo agita la coctelera cuando le llaman para servir en alguna fiesta privada y, claro está, están dispuestos a pagarle lo que él quiera.

Y con fiestas de ricos tiene que ver lo que os quiero contar; pero antes quizás sea mejor que abra un paréntesis (retórico) para explicaros lo que periódicamente viene sucediendo por estas tierras y por estas aguas. Como sabéis, mi Andalucía (y con ella, el resto de la Europa liberal con su torre Eiffel, sus valses, su sirenita y su extinto muro de Berlín) sólo está separada del continente africano por una delgada franja de mar de menos de 10 millas conocida como el Estrecho de Gibraltar.

También sabéis, nada nuevo, que en África mucha gente no lo está pasando precisamente bien. Así que miles de personas, desde Nigeria a Cabo verde, desde Camerún a Nador, cada año intentan alcanzar el sueño europeo empujados por esa excentricidad que supone comer todos los días. Y de paso, sólo a ser posible y si no es mucha molestia, tener una esperanza de vida algo superior a los 30 años rompiendo esa estadística que los kalashnikovs, los machetes oxidados y los parásitos intestinales se empeñan en mantener.

Así que, los que no terminan tragados por las dunas en alguna parte del desierto del Sahara, se paran en la orilla africana del viejo mediterráneo y miran al otro lado del estrecho como hipnotizados: las luces de la tierra prometida europea. Sólo nueve millas y media de mar. Pero hay que cruzarlas.

Y para estos menesteres, el hambre, el miedo y la desesperación no son buenos consejeros.

Pero han vendido todo lo poco que tenían (lo cual si se para uno a pensarlo, es mucho) han pedido dinero prestado aquí y allá y piensan en la familia que quedó atrás esperando ver llegar desde tan lejos los soñados euros.

Así que no es plan de recular por un poco de agua.

Todo esto se traduce cada año en centenares de cadáveres flotando en las orillas andaluzas.

¡Pete! Nos dejábamos a Pete… bien, ahora estamos él y yo delante de una tónica y de una media docena de cervezas respectivamente. Pete me cuenta, él sabe que me gusta escuchar historias y a veces escribirlas. Así que con una media sonrisa (que no sé si amarga por los recuerdos o por el regusto de la tónica) me comenta que dos semanas atrás le llamaron para servir copas en el palacete que un conocido empresario internacional tiene sobre los acantilados de un pueblo en la costa malagueña. Se trataba de la puesta de largo de la hija de un aristócrata británico y estaba allí representada toda la sangre de la nobleza (dice “noblezzza” como escupiendo la palabra), artistas, advenedizos, pellejos estirados, escotes bronceados, sonrisas deslumbrantes, chinchins de cristal de bohemia, caviar de Odessa, sombreros de diseño y algún que otro jeque árabe despistado.

Y mira tú, azares del destino, que fue a embarrancar justo al pie del acantilado una patera con unos veinte jóvenes africanos, casi la mitad de ellos mujeres. Pronto empezó el revuelo en cuanto una docena de 4X4 de la Guardia Civil bajó por el polvoriento camino del acantilado y saltaron de él decenas de linternas enfocando hacia la orilla como luciérnagas borrachas. El helicóptero de apoyo no tardó en asomar haciendo volar alguno de los sombreros y enfocando un potente reflector hacia la embarcación que vomitaba aterradas figuras negras esforzadas en alcanzar la arena de la orilla.

Todos los invitados se volcaron sobre la balaustrada de mármol del jardín para no perder detalle del drama que se estaba desarrollando unos metros más abajo. Las damas daban excitados saltitos señalando con sus estilizados dedos algún punto entre las aguas “¡¡ahí, ahí!! Otras aplaudían y achicaban los ojos cuando algún africano conseguía alcanzar la arena e intentaba, en su agotamiento, escalar el acantilado dando traspiés hacia la carretera. Les animaban entre risas y silbidos. Algunos caballeros cruzaron apuestas sobre cuántos conseguirían salir del agua y cuántos escapar del cerco. El propietario de la casa, feliz en su papel de anfitrión, satisfecho por el inesperado entretenimiento de la fiesta, encendió los reflectores del jardín y los enfocó hacia la playa. Muchos de los ocupantes de la patera, completamente exhaustos, se tendían sobre la arena sin fuerzas ya para correr. Una condesa borracha les arrojaba desde lo alto canapés a medio masticar mientras otro tipo inmensamente gordo agitaba una botella de champán y los rociaba emitiendo una risita histérica.

Cuando comprobaron que la Guardia Civil, a los que iban apresando, en vez de molerlos a palos los envolvían en una manta, los sentaban sobre la arena y les daban algo caliente de beber para reanimarlos, los invitados se fueron aburriendo y volvieron a entrar a la casa.

Recuento: ocho apresados, seis presumiblemente escapados y otros seis que aparecieron al amanecer flotando bocabajo en el mar.

Pete aún se lamenta de su profesionalidad que le impidió escupir en todos y cada uno de los cócteles que sirvió. Yo le aseguré que quizás escribiría algo sobre todo esto pero tendría que pasar un tiempo. Porque se escribe con tinta y no con bilis.

Mientras tanto, algunas noches sueño con un montón de negros que escalan sigilosamente un acantilado bajo una fiesta de aristócratas, con un machete entre los dientes, y dispuestos a reclamar los mordiscos que les faltaban a sus canapés.

Y me despierto muerto de risa.

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