Piratas

San agustín cuenta la historia de un pirata capturado por Alejandro Magno, quien le preguntó: ¿Cómo osas molestar mis barcos? – A lo que replicó el pirata – Yo tengo un pequeño barco, por eso me llaman pirata. Tú tienes toda una flota, por eso te llaman Emperador.

 

Una de Piratas

Decía el famoso pirata Bartholomew Roberts (1682 – 1722) que en los trabajos honrados lo normal era trabajar mucho y ganar poco, mientras que la piratería implicaba hedonismo, saciedad, placer, libertad y sobre todo Poder. Y esta tarde la he visto pasar desde mi ventana; rumbo al este, rompiendo las aguas del Mediterráneo y dejándonos en su estela la tranquilidad de que allá lejos, en tierra de infieles, se lucha sin cuartel por defender nuestros intereses económicos.

A diferencia de El Temido que inmortalizara Espronceda, el barco que nos ocupa no tiene diez cañones por banda, sino lanzamisiles tierra-aire guiados por satélite, lanzatorpedos y sofisticada artillería con visión nocturna. Tampoco ondea en su pabellón la calavera sobre dos tibias cruzadas sino la bandera del Estado español.

Pero contribuirá al mismo objetivo: saquear, expoliar y destruir. Con patente de corso y, por descontado, dentro una impecable y estricta legalidad internacional. Un objetivo que el Jefe del Estado Mayor de la Armada Española ha definido como “una misión curiosa” la que llevará a cabo la fragata Victoria en aguas del Golfo Pérsico. Y tanto.

Desde principio de los años noventa el llamado Cuerno de África (que comprende los países de Somalia, Eritrea, Yibuti y Etiopía) sufrió la más terrible convulsión política y demográfica de su Historia; la Hambruna segó a casi la cuarta parte de la población activa mientras los señores de la guerra imponían su voluntad a sangre y fuego; las diferentes facciones armadas, eternamente enfrentadas entre sí, desestabilizaban la zona pugnando por el poder. Todo ante la más completa y absoluta pasividad internacional. De hecho, Somalia ha dejado prácticamente de existir como país (gracias en parte a la desafortunada intervención militar del establishment norteamericano) careciendo de tipo alguno de actividad pública estatal, sanitaria, judicial, educativa o administrativa. El pueblo, mientras, intentaba sostenerse un día más con vida gracias a la ayuda de las organizaciones humanitarias. Tras décadas de brutal sequía y de inexistente inversión agroeconómica, los ya de por sí áridos campos somalíes se tornaron completamente estériles y las gentes buscaron su salvación en la costa: miles de pequeñas y artesanales embarcaciones comenzaron a echarse al mar en busca del sustento diario y de las proteínas precisas para mantener a los niños respirando un día más.

Pero un territorio sin Estado es res nulius, tierra de nadie, campo abierto para especuladores y demás aves de rapiña. Millones de satisfechos hogares europeos, lujosos restaurantes japoneses y franquicias gringas de comida rápida están ávidos de ver en su mesa los peces que coletean en las aguas del Golfo de Adén. Y las multinacionales acuden prestas a servírselos en bandeja (capten el chiste) enviando a sus superpesqueros de tropecientas mil toneladas servidos de tecnología punta con sus gigantescas y kilométricas redes para arrasar los bancos de pesca localizados por satélite en una zona donde no hay normativa medioambiental alguna que respetar ni, aunque la hubiera, nadie que la hiciera cumplir.

Y una década después los pequeños botes de los pescadores somalíes comienzan a volver a la playa vacíos.

Siempre he dicho que hay dos sentimientos en el ser humano que, a mi juicio, legitiman determinadas acciones: uno es el miedo y el otro el Hambre. Y nótese que conceptúo el Hambre como un sentir. Ya dijo Kissinger que a un pueblo hambriento no podía exigírsele que fuera un pueblo pacífico.

Y los antaño pacíficos pescadores somalíes que, al fin y al cabo, viven en un país donde sobran las armas y escasean los alimentos, se reciclaron en piratas. A la antigua usanza, jugándose el todo por el todo, pero no buscando el placer o la saciedad como exponía Roberts sino simplemente sobrevivir al saqueo sistemático de sus recursos naturales. Así que equipados con unas armas que apenas saben usar se lanzan en sus frágiles embarcaciones a capturar a los gigantescos pesqueros de las multinacionales europeas, japonesas o indias. Y a sus petroleros. Y a cualquier hijo de madre que asome por sus aguas. Sí, sus aguas, porque intenten ustedes meterse a faenar con un macropesquero en aguas norteamericanas o inglesas.

Aquí es donde retomamos el rumbo de nuestra querida fragata Victoria. A las multinacionales pesqueras, es decir, al Capital, no le gusta que le hagan la competencia (entre pirata y pirata no cabe la buenaventura) y de la noche a la mañana los honrados y temerosos ciudadanos occidentales se enteran, gracias a una machacona campaña mediática en la que no faltan entrevistas amarillas a angustiadas esposas de pescadores retenidos, de que terribles y despiadados piratas de piel oscura amenazan su estilo de vida.

Y aunque al bolsillo del contribuyente europeo le esté resultando infinitamente más caro enviar tropas, fragatas y aviones de combate que invertir en proyectos de cooperación y desarrollo para garantizar un medio de vida digno a los somalíes, para las multinacionales esa poderosa escolta privada de sus barcos les sale gratis y libre de impuestos. ¿Qué les parecería a ustedes si a un empresario murciano que va a cerrar un negocio privado en Brasil le pagáramos los contribuyentes una escolta de veinte policías nacionales?

Ustedes no tienen por qué saberlo pero allá en los espacios cibernéticos el que esto les cuenta adopta el nombre de un famoso pirata levantisco. Es decir, nada tengo en contra los piratas. Gloria pues a la Armada española, pero al menos no sean hipócritas: cambien el pabellón, pongan la calavera y las tibias y no nos avergüencen más jugando a los piratas con nuestro dinero en nombre del libre mercado.

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