Kalvellido

Decía Bakunin que el Pueblo sólo tiene tres caminos para librarse de su triste suerte: los dos primeros son la taberna y la iglesia; el tercero es la revolución social.  Y os garantizo que, si ese tercer camino tuviera un cartel indicativo, lo habría dibujado Juan Kalvellido.
Irreverente como eructo cervecero en la cara de un rey. Corrosiva como escupitajo de abadesa. Comprometida con la vida como las hojas lo están con el suelo en otoño. Certera e implacable como puñal de suicida. Tierna como el pupitre de un párvulo. Blasfema como minero herido. Fresca como la resaca de un ruso. Alegre como verbena de barrio pobre. Podría pasar horas disparando metáforas que describan su obra

Que, por cierto, es bien prolífica. Porque, si como decía Picasso, la inspiración existe pero tiene que encontrarte trabajando, a Kalvellido no tiene que dar muchas vueltas para encontrarlo. Podéis estar mirando una noticia en la TV mientras movéis el café con la cucharilla y antes del último sorbo podréis encontrar ya un dibujo suyo, debidamente acompañado de algún comentario incisivo y certero, reproduciendo la noticia.
Últimamente sus pinceles andan en una simbiosis extraordinaria con la pluma de Silvia Delgado. La inteligencia, el talento y la sensibilidad se ponen firmes a la espera de órdenes del compromiso valiente y sincero.
En definitiva, viviendo tiempos tan extraños como los que nos han tocado, necesitamos referencias. Y entre tanto ilustrador mediocre y vendido, tanto humor casposo e inocuo, tanta media tinta de cobarde tibieza, os presento un oasis donde podáis refrescar las entrañas para volver a la lucha con la mirada limpia y la sonrisa rebelde.
Por último me gustaría recordar que aunque la generosidad de este tipo le ha llevado a diseñar por la patilla incontables logotipos, carteles de eventos, carátulas de discos, ilustraciones de libros, camisetas, etc… los “debuantesdemielda” como él se define, no llenan sus cucharas con acrílicos. Así que daos una vuelta por su catálogo porque podéis quedar como reyes o reinas (republicanos/as en todo caso) regalando alguno de sus libros. Molan, y molan mucho.

Y sí, qué pasa. Es mi amigo y bien a gala que lo llevo. E igual me cae alguna birra fresquita como comisión. Pero si se preguntan por qué escribo todo esto es porque necesitaba agradecer desde este mi humilde espacio la sonrisa diaria (a veces varias, a veces muecas, a veces casi lágrima furtiva) que nos provoca a muchísima gente cada vez que esgrime un pincel y lo hunde en el corazón del sistema.

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