Obediencia indebida

“Yo cumplía órdenes” es una frase muy recurrente en nuestra Historia contemporánea. Se amparó en ella el tipo que abría el grifo de las duchas de gas Zyclon en los campos de Auschwitz-Birkenau. También fue el joker jurídico para los esbirros de Videla que conducían los Ford Falcon verdes. Y para los electricistas amateurs que frecuentaban las celdas chilenas durante la dictadura de Pinochet. Esperamos también que la pronuncien un día quienes iluminan a la infancia palestina con fósforo blanco ya que eso querrá decir que les han sentado ante un tribunal.

Y es que la obediencia debida se configura para los criminales como una tabla de náufrago que les deposite a salvo sobre las serenas playas de la impunidad.

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Si os traigo el tema a este vuestro espacio es porque últimamente venimos observando en el Estado español cómo las calles y plazas se llenan de tipos de siniestro aspecto que atacan, acorralan, golpean, aterrorizan y finalmente privan de libertad a quienes se concentran en los espacios públicos ejerciendo, de conformidad absoluta con las leyes, un derecho legítimo y constitucionalmente reconocido: la libertad de reunión y de expresión. Unas plazas y unas calles que cuando se retiran esos tipos siniestros (a sueldo de aquellos a quienes golpean) quedan cubiertas de charcos de sangre y zapatos perdidos.

¿Tiene esto una base jurídica? ¿Están realmente obligados esos funcionarios a cumplir la orden de golpear a chavalas, arrastrar a ancianos por el suelo y disparar pelotas de goma sobre jóvenes que gritan cosas incómodas? Veamos qué nos dicen las leyes. La Ley Orgánica 2/1986 de 13 de marzo de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad dispone que

La obediencia debida en ningún caso podrá amparar actos manifiestamente ilegales ordenados por los superiores. Se impone a los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad la obligación de evitar cualquier práctica abusiva, arbitraria o discriminatoria que entrañe violencia física o moral.

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Así pues la tabla de náufrago de estos hombres y mujeres, que hacen gala de una extraordinaria valentía cuando se agrupan en centenares y llevan un arma en el cinturón pero que balbucean confusos su miedo delante de los jueces, parece bastante más frágil de lo que piensan. Porque debajo de esos cascos negros de carbono hay un cerebro, no un chip que les programe inevitablemente para reprimir al pueblo. Porque detrás de esos escudos de metraquilato hay, se les presume, un corazón que debería frenarles el brazo impidiendo que descarguen toda la violencia institucional sobre la cabeza de una chavala. Tras esa prepotencia asquerosa debe quedar algún vestigio de sentimiento de pertenencia al pueblo. Tras ese rictus de ira debe quedar la memoria de una sonrisa. Pero insisten en ponerse negros guantes para no mancharse las manos, como si fueran impermeables a la vergüenza.

Trato de imaginarles al volver a casa por la noche. Mientras limpian de sus negras botas las salpicaduras de sangre y en el oído les resuena aún el eco de los gritos que soltaba aquel muchacho en el suelo bajo los mordiscos de la porra. O los lamentos, apenas apagados por el ruido de las sirenas, de una anciana cuyo brazo, ahora quebrado, sujetaba momentos antes una pancarta que pedía derecho a sus medicinas.

Trato de imaginarles y les encuentro repitiéndose a sí mismos, una y otra vez, como un relajante mantra, aquello de Yo cumplía órdenes. Trato de imaginarles, me es difícil, repitiéndole eso a un juez. Y me pregunto si cubren su cara con una pantalla de plástico para preservar su anonimato, para protegerse el rostro de algún escupitajo o para protegerse de su propia vergüenza.

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Una respuesta to “Obediencia indebida”

  1. Agradeciendo la imagen del soldado nazi a “Humor Indignado 99%”

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